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Por lo general escribo para esta columna sobre temas relacionados a la política nacional y a la política internacional, pero debido a que resido en la ciudad de Tampico, me es imposible dejar pasar de largo lo acontecido el pasado 11 de noviembre durante las elecciones para diputados y presidente municipal.  Una de las cosas que más me llamaron la atención fue el hecho de que varios comunicadores de la zona, así como líderes del partido ganador y diversos individuos, calificaron a dichas elecciones como una “fiesta cívica”.  Quisiera que alguien me corrigiera, pero una fiesta cívica hasta donde conozco, consiste en un proceso electoral que se lleva a cabo de la manera más democrática, libre y pacífica.  En el caso de Tampico y la zona conurbada, esto dista mucho de la realidad. El miedo imperante en la zona manifestado por la población debido a la presencia del crimen organizado, el abstencionismo y la apatía por ciertos sectores de la población, aunado a la cantidad de dinero invertido en la compra de votos, dieron como resultado un proceso lejos de ser una fiesta cívica. 

El proceso resultó en un retroceso total a la democracia, en donde las plazas ya estaban negociadas desde antes, y cualquier acuerdo del que se hablaba entre diversos niveles de gobierno y diversos partidos, no fue respetado a la hora de emitir resultados—detrimento total también a la democracia el que se “acuerden” o “pacten” los puestos de elección popular.  En este espacio no acuso a ningún partido en particular, porque la mayoría de los partidos y sus candidatos sacaron a relucir su verdadera naturaleza humana y se olvidaron de las formas existentes para supuestamente tener un proceso electoral legítimo.  Los candidatos, al no presentar propuestas viables y prometer demasiado, tuvieron que recurrir a la intimidación y a la compra del voto, prácticas prevalentes durante la “dictadura perfecta” en nuestro país. Quedó de manifiesto que el hambre, la miseria, las necesidades inmediatas, la falta de educación cívica, así como la ausencia de una visión de conjunto o de proyecto compartido por parte de la sociedad civil, consistieron en los detonantes para que volviéramos a las penosas y corruptas prácticas anti-democráticas.  ¿Será que no conocemos otro modus operandi? ¿Será que estamos condenados a repetirnos en eternos errores? ¿Será que estos hechos son únicamente los típicos tropiezos de una democracia en pañales y debiéramos aceptarlos? ¿Será que la democracia en Tampico es meramente una quimera? ¿Será que en nuestro país la democracia es únicamente una “linda idea” y nunca llegará a su consolidación?

Desgraciadamente y dadas las circunstancias actuales en nuestra ciudad, no me sorprendieron los resultados.  Para tener verdaderas fiestas cívicas, la respuesta y solución a este tipo de hechos considero reside en la actuación de la sociedad civil, que es quien tiene la última palabra cuando no se deja intimidar, cuando sus necesidades básicas están cubiertas y cuando posee una visión de conjunto sobre lo que quiere para su ciudad y su país, luchando contra cualquier yugo impuesto por las diferentes fuerzas cooptadoras existentes y cuando se dejan de lado los intereses individualistas y corporativistas. El reto está en nosotros mismos y en nuestra capacidad de trabajar como una sociedad funcional, una sociedad civil cívica.  Una solución difícil de lograr, más no imposible.  

Vicente Fox se encuentra muy ocupado estos días promoviendo su libro en inglés titulado Revolution of Hope: The Life, Faith and Dreams of a Mexican President (La revolución de la esperanza: la vida, fe y los sueños de un presidente mexicano) por Estados Unidos.  Lo interesante de todo esto resultó en que la casa editorial Penguin le organizó entrevistas con los programas de televisión y radio estadounidense de mayores ratings, pertenecientes a distintas cadenas de cable y que representan diversas ideologías y posturas políticas.  Fox acudió a entrevistas con Larry King de la CNN, con Jon Stewart del Daily Show del canal Comedy Central, y también con el temible Bill O’Reilly de la cadena Fox, por mencionar algunos.   Lo que trascendió notablemente es que en varios de estos programas, en vez de ser una entrevista para que el ex-mandatario hablara sobre su libro, en la mayoría de los casos se convirtió en un debate improvisado, sobresaliendo el caso de Bill O’Reilly. 

 

Para cualquiera que conoce el programa de O’Reilly, es consabido que dicho comentarista (quien fue acusado hace poco tiempo por hostigar sexualmente a una asistente, pero la memoria llega a fallarle al ser humano de tiempo en tiempo) comulga con ideas de extrema derecha y es un acérrimo crítico al gobierno mexicano, apoyando la construcción del “muro de la vergüenza” y manifestándose totalmente en contra de la emigración, especialmente de los mexicanos indocumentados hacia Estados Unidos.  Al conocerse que Fox asistió al programa de O’Reilly y al escuchar parte de su interacción con el nefasto comentarista, mi primera reacción fue de miedo y pena por Fox.  Definitivamente (pensé en un principio), tiene en su grupo de asesores a sus peores enemigos.  Desde el impasse de la revista Quién, para ¿ahora asistir a un programa donde voluntariamente se estaba poniendo como carne de cañón para ser el hazmerreír de parte de la población estadounidense y avergonzar a la población mexicana? Total harakiri, pensé, total suicido voluntario. 

 

Pero…al leer ahora el texto completo de la entrevista con O’Reilly, me doy cuenta que salió a relucir el verdadero vaquero broncudo y envalentonado que habita dentro del mandilón de Fox, un tanto cuanto necio e intransigente, pero fuerte en sus aseveraciones y juicios contra los ataques racistas y pseudo-xenófobos de O’Reilly.  Fox, estemos de acuerdo o no con su protagonismo post-presidencial, puso los puntos sobre las íes en cuanto a temas escabrosos en la relación México-Estados Unidos, tales como migración, narcotráfico y pobreza al corresponsabilizar al vecino del norte.  Mi reacción inicial cambió definitivamente. Fox se ha convertido en lo que él (con ayuda de López Obrador y su cállate, chachalaca) probablemente llamaría una ávida tepocata chachalaquera: una alimaña muy habladora que a veces cuenta con la buena fortuna de ser atinado en sus aseveraciones, siempre y cuando elija el momento y lugar adecuado.  No te calles, chachalaca…pero ten cuidado.